lunes

Nació una hora tarde. Nunca fue mi hijo sino hijo de la hora. El ritmo todavía golpea mi estómago, la carne que se mueve dentro de la carne. Luces que aparecen de repente y me hacen cerrar los ojos. Una industria abandonada y con olor seco. El humo que salía de las chimeneas todavía se respira, allí, donde la primavera se esconde. Atrás un tumulto despierta el niño. La guagua llora, de nuevo, en algún lugar de esa fábrica. Cruzo el gran salón, tropiezo un poco, las tuercas en el suelo meten ruido agudo. La guagua llora. Escucho de nuevo un silbido ronco, en algún lugar y los ventanales se abren pero el cielo está rojo. Furia. La guagua llora. Bajo las escaleras, corro cansada. Veo las luces de nuevo, unas líneas que se mueven en el fondo, un panel lleno de abejas. Furia. La guagua llora. El panel arde, un olor dulce me deja…Las abejas y su extraño crepitar, el sonido de los que se rehúsan a morir. No sé por qué, pero sé que se hizo de noche afuera. La guagua llora. Furia. Desesperación. Mis manos se transforman en plantas, llenas de flores. Taca tá, un caballo blanco se acerca. Lame mi espalda lento. Empieza a comerse mis manos.

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