domingo
A veces la pieza está destruida. Una mujer de poca carne se derrama en la cama. Sus pastillas están ordenadas en el velador. Ella no cree en el sentido común ni en los conocimientos. Ella no cree en mí ni en nadie que le dirija la palabra. Ana está fría, acabada. Su pelo seco, piensa, es el reflejo de eso. La televisión está encendida las veinticuatro horas del día. Sobrevive de juegos de póker por Internet y otras invenciones. Es, como dirían unos, autosuficiente. Colecciona juguetes sexuales y se masturba al son de MTV. No cree, tampoco, en el sexo. Hace mucho tiempo dejó de hablar español para cambiarlo por una lengua que creemos es un dialecto africano. Consonantes y ruidos que no alcanzo a percibir por mi oído izquierdo. Ana me dijo tiempo atrás que soy como ella, y por eso me quedo a cuidarla. Yo no lo pienso tan así. Aún puedo salir a la calle, ciertas plazas, pocas farmacias para tener lo que necesito. Difícilmente, además, podría cuidar a nadie. Me falta sangre.
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