jueves
Yo no me sentía mal, sólo un poco enferma y tal vez cansada. Ya habían pasado dos años y el tiempo transcurría siempre un poco más lento. No tuve mucho que decirle excepto eso. Tantas caras y tanto sí. No puedes pedir mucho más. Él se había comprado una moto y pensaba iniciar un viaje sin una vuelta concreta. Una vuelta, sí, al fin y al cabo todos siempre vuelven. Le hablé del poeta niño que desapareció en el continente azul que tiene todos los soles. Le hablé de la bala que habría perdido en algún momento y se llamaba poesía. No quise hacerme responsable de mis palabras ni de mis gestos,pero algo pude decirle y basta. Después caminé a mi casa que no quedaba lejos y me dije que mañana sin falta me compraría un abrigo nuevo. El blanco resplandecía. La calle estaba vacía, los faroles fuljuraban, el invierno está terminando. No sé de horas, el invierno estaba terminando.
domingo
Abro la puerta con miedo. Es ella de nuevo. Me ha traído una planta y comida. No puedo entenderla, cómo se mueve, cómo espera un gesto o algo. Se sirve un vaso de agua, y eso es un vaso y eso otro es agua. Tengo miedo. Cada vez que habla siento un estallido en mi cara, un calor sofocante, un estrépito en los huesos. Es como caer por las escaleras más oscuras imaginables. Pocas veces me imagino el sabor de su cuerpo. El sabor de su lengua y la mía. Entonces no puedo verla ni temerle. Nosotros no somos nada bueno.
A veces la pieza está destruida. Una mujer de poca carne se derrama en la cama. Sus pastillas están ordenadas en el velador. Ella no cree en el sentido común ni en los conocimientos. Ella no cree en mí ni en nadie que le dirija la palabra. Ana está fría, acabada. Su pelo seco, piensa, es el reflejo de eso. La televisión está encendida las veinticuatro horas del día. Sobrevive de juegos de póker por Internet y otras invenciones. Es, como dirían unos, autosuficiente. Colecciona juguetes sexuales y se masturba al son de MTV. No cree, tampoco, en el sexo. Hace mucho tiempo dejó de hablar español para cambiarlo por una lengua que creemos es un dialecto africano. Consonantes y ruidos que no alcanzo a percibir por mi oído izquierdo. Ana me dijo tiempo atrás que soy como ella, y por eso me quedo a cuidarla. Yo no lo pienso tan así. Aún puedo salir a la calle, ciertas plazas, pocas farmacias para tener lo que necesito. Difícilmente, además, podría cuidar a nadie. Me falta sangre.
Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo período de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumergidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: " Sí, justo. Ése es mi corazón".
H. Murakami
H. Murakami
martes
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