domingo

Acá es otoño y no es Gerona.

Ya no al borde sino dentro del abismo un montón de gente se confiesa.

Yo confieso que no conocía el dolor. Es recién el principio. La epidermis de lo que puede llegar a ser.

Reconozco que admiro a todos ellos que ya pasaron por esto.

Reconozco que puedo disfrutarlo, mi piel sin epidermis me dice que si comparamos experiencias, la mía es por lejos mucho más literaria.

Admito sin embargo que estoy en territorio desconocido, donde la maravilla trae luces a un lugar definido como oscuro o invernal. ¡Quién sabe qué ocurra más adelante!

En principio el dolor no tiene efectos físicos. Aparentemente, según el grado de sensibilidad de cada quien, esto puede irse dando lentamente y sólo si el dolor crea un nido cercano al omóplato izquierdo. Ahí si se hurga en la herida, si tienes la necesidad urgente de contemplarla asombrado e incluso de darle vida propia, el dolor conocido en abstracto puede transformarse en espasmos en todo el cuerpo.

Esto se interpreta como:

a) el dolor desea ingresar a la totalidad corporal.

b) los espasmos se producen por el tipo de negligencia llamada cinismo o bien “quiero ser un mártir”.

c) el dolor se mueve libremente encadenando una serie de reacciones ligadas a lo que hoy llamamos sufrimiento.

Por otra parte. Despierto haciendo cucharita con mi herida mientras el otro implicado (si podemos llamarlo implicado) despierta con la maravilla de tener una mujer entre sus brazos en un puerto donde la corriente de aire que entra por su ventana lo inspira a hacerle el amor dulcemente antes de partir de vuelta a una ciudad que lo espera con nostalgias para que disfrute, exento de dolor y sintiéndose tierno y diferente, la ilusión de alcanzar aquello que antes parecía inexistente.

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